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 Mabinogi de Manawydan

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AutorMensaje
Dianne D`Dannan



Mensajes : 3
Fecha de inscripción : 26/12/2011

MensajeTema: Mabinogi de Manawydan   Lun Dic 26, 2011 6:45 pm

Escuchad, Hijos del Polvo. Prestad atención a la narración que os voy a contar.
Ocurrió en épocas pasadas, cuando el rocío de la creación estaba todavía fresco sobre la Tierra y el Gran Manawydan ap Llyr era señor y rey de los siete cantrefs de Dyfed.
Manawydan era hermano de Bran el Bienaventurado, rey de la Isla de los Poderosos, cuyo gobierno se extendía por encima de todos los reyes y reyezuelos, así como de todas las tierras. Éste había viajado al Otro Mundo y llevaba ya mucho tiempo en él, de modo que Manawydan se había hecho cargo del trono en su lugar, como le correspondía por derecho. Su justa política era irreprochable y las agrestes colinas de Dyfed constituían el mejor lugar del mundo por su inigualable belleza.
Pryderi, príncipe de Gwynedd, se presentó ante Manawydan en busca de amistad entre las dos casas reales, y éste lo recibió con gran alegría y lo obsequió con una fiesta, en la que los dos amigos, durante el banquete, conversaron y se deleitaron con las canciones del experto bardo de Manawydan, Anuin Llaw, y con la agradable compañía de la reina Rhiannon, de la que se cuentan maravillosas historias.
Tras el festín de la primera noche, Pryderi se volvió a Manawydan.
—He oído —dijo Pryderi a su anfitrión— que los terrenos de caza de Dyfed son únicos en todo el mundo.
—Entonces debéis dar las gracias de todo corazón al que os informó, ya que jamás se han pronunciado palabras más verdaderas.
—Quizá podríamos probar suerte —sugirió Pryderi.
—Pues claro, primo. Si no hay nada que os lo impida, podríamos ir de caza mañana —repuso Manawydan.
—Empezaba a creer que nunca lo propondríais —exclamó Pryderi muy satisfecho—. Casualmente, no existe ningún inconveniente, así que acepto complacido.

Al día siguiente, los dos amigos salieron junto con un grupo de audaces compañeros. Cazaron durante todo el día, y por fin se detuvieron para descansar y dar de beber a sus agotados caballos. Mientras tanto, ellos dos ascendieron a un montículo cercano y se tumbaron. Durante el sueño, se oyeron truenos, cuyo sonido era tan fuerte que los despertó. Los truenos vinieron acompañados de una espesa y oscura niebla, en tal medida que incluso impedía ver a la persona que se tenía al lado.

Cuando la niebla se desvaneció, el sol brillaba por todas partes con una fuerza cegadora y tuvieron que protegerse los ojos con las manos.

No obstante, al mirar de nuevo, se encontraron con que todo había cambiado. Ya no había árboles ni ríos, ni rebaños, ni casas. No se divisaban ni animales, ni personas, ni siquiera humo procedente de alguna hoguera; tan sólo se podían observar las vacías colinas.

—¡Ay de mí, señor! —exclamó Manawydan—. ¿Qué ha sido de nuestros hombres y del resto de mi reino? Vayamos a ver si nos es posible encontrarlos. Por suerte aún nos quedan nuestros caballos allá abajo.

Regresaron al palacio de Manawydan y únicamente hallaron espinos y zarzas allí donde había, estado la reluciente mansión. En vano registraron valles y cañadas en un intento por descubrir una casa o un poblado, mas sólo toparon con algunas aves enfermas. Desesperanzados, ambos empezaron a afligirse por sus pérdidas: Manawydan por su esposa Rhiannon, que le aguardaba en sus aposentos, y también por sus valientes compañeros; y Pryderi por sus guerreros y los delicados regalos que Manawydan le había entregado.

Nada podía hacerse, de modo que encendieron un fuego con algunos matorrales de zarzas y esa noche durmieron, hambrientos, sobre el frío y duro suelo.
Por la mañana oyeron ladridos que parecían provenir de animales excitados por el olor de la presa.
—¿Qué puede ser eso? —se preguntó Pryderi.
—¿Por qué quedarnos sumidos en la duda cuando podemos averiguarlo? —exclamó Manawydan, y se incorporó de un salto para ensillar su caballo.

Cabalgaron en dirección al lugar de donde procedía el sonido y llegaron a un bosquecillo de abedules situado en una escondida cañada. Al acercarse, salió corriendo de entre los árboles una veintena de excelentes perros de caza; temblaban violentamente de miedo, con las colas gachas y metidas entre las patas.

—Si no me equivoco —observó Pryderi al contemplarlos—, sobre este bosque se cierne un hechizo.
No bien había acabado de pronunciar su sospecha cuando del bosquecillo, salió velozmente un reluciente jabalí blanco. Los perros retrocedieron al verlo, pero tras mucho instigarles, buscaron su rastro y corrieron tras el. Ellos los siguieron hasta que llegaron a un lugar donde la jauría había conseguido acorralar a su presa.

Al aparecer los hombres, la bestia se zafó de los canes y huyó. Continuaron la persecución hasta encontrar de nuevo al jabalí rodeado por los podencos, y otra vez más la víctima escapó al ver a los dos hombres.

La escena se repitió varias veces hasta que llegaron a una enorme fortaleza, desconocida para ambos, ante la cual quedaron maravillados. Los perros y el jabalí penetraron en el recinto. Aunque los dos hombres aguzaron los oídos para no perder los ladridos de los animales, no les llegó ni un solo sonido.

—Señor —dijo Pryderi—, si queréis, entraré en esta fortaleza y averiguaré qué ha sucedido con la jauría.

—Lleu sabe que no es una buena idea —respondió Manawydan—. Ni vos ni yo hemos visto esta construcción con anterioridad, y mi consejo es que os mantengáis alejado de este extraño lugar. Bien podría ser que aquel que ha lanzado el hechizo sobre la tierra haya hecho aparecer también este recinto amurallado.

—Puede que estéis en lo cierto, pero me resisto a abandonar a esos hermosos perros.

De modo que, a pesar de los buenos consejos de Manawydan, Pryderi espoleó hacia adelante su reacia montura y atravesó la entrada.

Sin embargo, una vez en el interior, no divisó hombre, bestia, jabalí o perros; ni salas ni habitaciones. Lo que descubrió fue una gran plataforma de mármol, y, sobre ella, cuatro cadenas de oro, cuyos extremos se extendían hacia arriba a tal altura que no pudo atisbar dónde terminaban; además había un enorme cuenco del oro más fino que Pryderi jamás viera.

Se acercó a la plataforma de mármol y descubrió a Rhiannon, la esposa de Manawydan, que de pie e inmóvil, posaba una mano sobre el recipiente.

—Señora —preguntó Pryderi—, ¿qué hacéis aquí?

Como ella no le contestó, y el cuenco era de una belleza deslumbrante, Pryderi no desconfío y se acercó hasta donde ella se encontraba y posó sus manos sobre el recipiente. En el mismo instante en que lo tocó, sus manos quedaron enganchadas a él y sus pies a la plataforma, viéndose obligado a quedarse allí como convertido en piedra.

Manawydan esperó durante largo rato, pero su compañero no regresó, y los perros tampoco.

—Bueno —se dijo—, debo ir en su busca —y penetró en el interior del recinto amurallado.

Allí vio, al igual que Pryderi con anterioridad, el magnífico recipiente de oro que colgaba de las cadenas, así como a su esposa Rhiannon, con la mano posada sobre él, y a Pryderi imitándola.

—Esposa mía —exclamó—, amigo Pryderi, ¿qué hacéis aquí?

Ninguno de los dos le respondió, pero, de todas formas, sus palabras provocaron una respuesta, ya que, no bien las había pronunciado, el sonido de un poderoso trueno retumbó en la misteriosa fortaleza, y de nuevo la espesa y oscura neblina se elevó.

Cuando ésta se disipó, Rhiannon, Pryderi, el recipiente de oro y toda la fortaleza misma habían desaparecido y no se los divisaba por ningún sitio.

—¡Ay de mí! —sollozó Manawydan ante lo sucedido—. Estoy solo, sin siquiera compañeros ni perros que me hagan compañía. Lleu sabe que no merezco tal destino. ¿Qué haré?

Tan sólo podía continuar su vida lo mejor que pudiera, así que pescó en los ríos y capturó animales salvajes, e, incluso, empezó a cultivar la tierra utilizando algunos granos de trigo que tenía en un bolsillo. La cosecha floreció, y pasado el tiempo consiguió suficiente simiente para todo un campo, al que, sucesivamente, siguieron varios más.
¡Era maravilloso, pues aquel trigo era el mejor que hubiera visto jamás!

Manawydan esperó el momento oportuno; dejó pasar las estaciones hasta que el grano estaba tan maduro que casi podía paladear el sabor del pan que con él haría. Un día, mientras contemplaba la excelente cosecha, se dijo:
—Soy un estúpido si no siego este campo mañana.

De inmediato, regresó a su refugio para afilar su hoz. Pero a la mañana siguiente, cuando regresó al filo del amanecer dispuesto a recolectar el fruto tan esperado, no encontró más que las mieses desnudas. Cada tallo había sido cortado antes del inicio de la espiga y el grano había desaparecido; tan sólo quedaba el rastrojo.
Desolado, Manawydan corrió al campo siguiente y comprobó que se hallaba intacto. Examinó el grano que maduraba bien y se dijo:
—Soy un estúpido si no lo siego mañana.

Apenas si durmió aquella noche; se despertó al romper el alba, pero, al llegar al sembrado, descubrió que, al igual que el día anterior, no quedaban más que los yermos tallos.

—¿Con qué enemigo me enfrento? Lleu sabe que esto será mi perdición. ¡Si esto sigue así, moriré y toda la tierra conmigo!
Después, se dirigió a toda prisa al ultimo campo que había cultivado, el cual se hallaba asimismo listo para la siega.

—Soy un estúpido si no siego este campo mañana —se dijo—; es más, seré un estúpido muerto, ya que este terreno es mi última esperanza.

Se dejó caer en el suelo, allí mismo, con la intención de vigilar durante la noche y de esta forma capturar al enemigo que le destruía. Manawydan se mantuvo alerta y, hacia la medianoche, llegó a sus oídos el mayor albo¬roto que hubiera escuchado jamás. De inmediato, apareció una gigantesca hueste de ratones, tan enorme que apenas si podía dar crédito a sus ojos.

Antes de que pudiera moverse, los roedores se habían lanzado sobre el campo: cada uno escalaba una mies y arrancaba una espiga, para llevarse luego el grano en la boca y abandonar el tallo desnudo. Manawydan se propuso rescatar su campo, pero los pequeños animales semejaban mosquitas que pululaban por doquier, y no pudo hacer nada por detenerlos.

No obstante, Manawydan pudo atrapar un ratón, que estaba más grueso que los otros y no podía moverse con tanta rapidez; se arrojó sobre él y lo colocó dentro de su guante. Ató la abertura con un cordel y se llevó al roedor prisionero a su refugio.
—De la misma forma en que colgaría al ladrón que me ha arruinado —se dirigió al ratón—, por Lleu, que he de hacer lo mismo contigo.

A la mañana siguiente, Manawydan se dirigió al montículo donde había empezado toda su desgracia, con el animal en el interior del guante, y, una vez allí, clavó sobre el suelo, en la parte más elevada de éste, dos palos en forma de horquilla.
De repente, apareció un hombre, que se detuvo al pie de la elevación, montado en un escuálido caballo. Con sus ropas convertidas en harapos, tenía todo el aspecto de un mendigo.

—Señor, os doy los buenos días —saludó.
Manawydan se volvió para contemplarlo.

—Que Lleu sea bondadoso con vos —replicó—. En estos últimos siete años no he visto a un solo hombre en todo mi reino, excepto a vos en este mismo momento.

—La verdad es que me hallo de paso por estas tierras desoladas —le informó el mendigo—. Si no os importa, señor, me gustaría saber qué os proponéis.
—Voy a ejecutar a un ladrón.

—¿Qué clase de ladrón? La criatura que veo en vuestra mano me resulta muy parecida a un ratón. Resulta muy poco digno para alguien de vuestra elevada posición tocar a un animal como ése. Sin duda le dejaréis marchar.

—¡Entre vos y yo y Lleu, os aseguro que no lo haré! —repuso Manawydan con violencia—. Este ratón y sus hermanos me han traído la ruina. Pienso castigarlo antes de morir de hambre, y lo he sentenciado a morir colgado.

El mendigo continuó su camino, y Manawydan se dispuso a fijar un palo como viga transversal entre las dos horquillas. Al instante de finalizar su obra, una voz lo saludó desde el pie del montículo.
—¡Buenos días, señor!
«Que Lleu me fulmine si miento al decir que éste se está convirtiendo en un lugar muy concurrido», murmuró Manawydan para sí. Volvió la cabeza y vio a una hermosa mujer noble montada sobre un palafrén gris al pie del terraplén.

—Buenos días, señora —respondió—. ¿Qué os trae por aquí?
—Simplemente, paseaba a caballo cuando contemplé vuestro trabajo aquí arriba. ¿Qué es lo que hacéis? —preguntó con toda cortesía.
—Si os interesa, me dispongo a colgar a un ladrón —explicó Manawydan.
—La verdad es que no me incumbe en absoluto —afirmó la dama—, mas parece tratarse de un ratón. Yo misma os aconsejaría que lo castigarais si no resultara tan degradante para una persona de vuestra manifiesta alcurnia mezclarse con tan vil criatura.
—¿Qué preferiríais entonces? —inquirió Manawydan con suspicacia.
—Antes que contemplar cómo os rebajáis, os entregaría una moneda de oro a cambio de que lo dejaseis escapar. —Sonrió seductora al exponer su propuesta y Manawydan casi se dejó convencer.
—Defendéis bien a este ridículo ratón, pero estoy decidido a terminar con la vida de la criatura que me ha dejado sin sustento.
—Muy bien, señor —repuso la dama con arrogancia—, comportaos como queráis.

Manawydan regresó a su macabra tarea: tomó el cordel del guante y ató un extremo alrededor del cuello del ratón. Iba ya a colgar del travesaño al animal, cuando le llegó un grito desde la base del montículo.

—No he visto un alma durante siete años, y ahora se me aborda a cada instante —masculló.

Mientras comentaba su sorpresa, se volvió y se encontró con un Archidruida acompañado de un séquito de una veintena de ovatos que se alineaban tras él.
—Que Lleu os dé un buen día —saludó el Archidruida—. ¿Qué es lo que estáis haciendo, mi señor?
—Si deseáis saberlo, me dispongo a castigar a un ladrón que me ha traído la ruina —repuso Manawydan.
—Perdonadme, pero debéis ser un hombre muy frágil, pues por lo que parece, es un ratón lo que tenéis en la mano.
—Sin embargo, es un ladrón y un destructor —le espetó Manawydan—. Aunque no creo que deba daros explicaciones.
—No las necesito —admitió el Archidruida—, pero me apena en gran medida ver a un hombre de vuestra elevada reputación enfrentarse a una criatura indefensa.
—¿Indefensa? ¿Dónde estabais vos cuando este ratón y sus innumerables compañeros devastaban mis campos y me conducían a la ruina?
—Puesto que sois un hombre razonable —siguió el druida—, permitidme que redima a esta despreciable criatura. Os daré siete piezas de oro si la soltáis.
Manawydan sacudió la cabeza con firmeza.
—No serviría de nada. No venderé mi prisionero por ninguna cantidad de oro.
—Mas no conviene que alguien de vuestro rango extermine roedores de esta forma —contestó el Archidruida—. Por lo tanto, dejad que os entregue setenta piezas de oro.
—¡Me deshonraría si aceptara aunque fuese por el doble de esa cantidad!

El Archidruida no pensaba dejarse desanimar.
—No obstante, buen señor, no quiero ver cómo os deshonráis al hacer daño a ese animal. Os daré un centenar de caballos y un centenar de hombres, además de un centenar de fortalezas.
—Yo poseía miles —replicó Manawydan—. ¿Por qué habría de conformarme con menos?
—Ya que no consideráis aceptable mi oferta —excla¬mó el Archidruida—, haced el favor de determinar vos el precio para que yo pueda pagarlo.
—Bien, hay algo que podría persuadirme.
—Nombradlo y es vuestro.
—La libertad de Rhiannon y de Pryderi.
—Lo obtendréis —prometió el Archidruida.
—En confianza, os confieso que deseo algo más, por Lleu.
—¿Qué más hay, pues?
—Deseo que se rompa el hechizo que pesa sobre el reino de Dyfed y todas mis propiedades.
—También os lo concedo, limitaos a soltar al ratón sin hacerle daño.
Manawydan asintió despacio y bajó los ojos hasta su mano.
—Os obedeceré; pero primero explicadme qué significa este ratón para vos.
El Archidruida lanzó un suspiro.
—Muy bien, me tenéis en vuestras manos. Es mi esposa; de lo contrario, no pagaría un rescate por él.
—¡Vuestra esposa! —exclamó Manawydan—. ¿Cómo puedo creer tal cosa?
—Debéis hacerlo, señor, puesto que es la verdad. Yo lancé el hechizo sobre vuestras tierras.
—¿Quién sois vos y por qué buscáis mi destrucción?
—Soy Hen Dallpen, Jefe de los Druidas de la Isla de los Poderosos —respondió el aludido—. Actué en contra vuestra por venganza.
—¿Cómo es eso? ¿Qué os he hecho yo jamás? —A Manawydan no se le ocurría que hubiera podido enojar a nadie, sacerdote o druida.
—Ocupasteis el trono de Bran el Bienaventurado y, al hacerlo, no pedisteis el beneplácito de la Sabia Hermandad; por lo tanto, hechicé vuestro reino.
—Y conseguisteis vuestro propósito —gruñó Manawydan tristemente—. ¿Qué ocurrió con mis campos?
—Cuando algunos de los que me siguen se enteraron de la existencia del trigo, me rogaron que les convirtiese en ratones para poder destruirlo. La tercera noche, mi propia esposa los acompañó, pero estaba embarazada y lograsteis atraparla a causa de su estado. Mas, a cambio de su vida, os entregaré a Rhiannon y a Pryderi y levantaré el hechizo de Dyfed y de todas vuestras tierras. —El Archidruida terminó con estas palabras—: Ahora os lo he contado todo. Por favor, soltad a mi esposa.

Manawydan contempló colérico al gran druida.
—Sería un estúpido si la dejara marchar ahora.
—¿Qué más deseáis? —suspiró el Archidruida—. Decídmelo y finalizaremos este asunto.
—Deseo que una vez retiréis el encantamiento, no se vuelva a lanzar ningún otro.
—Tenéis mi promesa más solemne. ¿Ahora liberaréis al ratón?
—Aún no —declaró Manawydan con firmeza.
El Archidruida volvió a suspirar.
—¿Hemos de consumir así todo el día? ¿Qué más queréis?
—Una cosa más —repuso Manawydan—: que no se produzca ningún tipo de represalia por lo sucedido aquí: ni en la persona de Rhiannon, ni en la de Pryderi, ni sobre mis tierras, gente, posesiones o criaturas bajo mi cuidado. —Miró al Archidruida directamente a los ojos—. Ni tampoco sobre mí.
—Un pensamiento muy astuto, bien lo sabe Lleu, pues, ciertamente, si no se os hubiera ocurrido esa idea en el último momento, habríais sufrido muchas más penalidades de las que habéis padecido hasta ahora y todo el daño habría recaído sobre vos.

Manawydan se encogió de hombros.
—Un nombre debe protegerse.
—Ahora soltad a mi esposa.
—No aceptaré hasta que vea a Rhiannon y a Pryderi que vienen hacia mí con una sonrisa en los labios.
—Entonces, mirad —dijo el Archidruida fatigado—. Ahí se acercan.

Y Pryderi y Rhiannon aparecieron; Manawydan corrió a su encuentro, y ellos lo saludaron con alegría y empezaron a relatarle lo que les había sucedido.
—He cumplido todas vuestras peticiones, más incluso de las que estaba dispuesto a hacer —imploró el Archidruida—. Os toca a vos atender mi solicitud: soltad a mi esposa.
—De buen grado —respondió Manawydan. Abrió la mano y el ratón saltó al suelo.

El Archidruida lo recogió y le murmuró algunas palabras al oído en la lengua antigua y, al instante, el pequeño animal empezó a transformarse de nuevo en una atractiva mujer con el vientre hinchado por el niño que se desarrollaba en él.

Manawydan miró a su alrededor y comprobó que todas las casas y propiedades volvían a estar en su lugar, junto con los rebaños y manadas. Los habitantes reaparecieron, de modo que la tierra volvía a estar poblada como antes. En realidad, parecía que nada hubiera sucedido.

Sólo Manawydan sabía la verdad.

Aquí termina el Mabinogi de Manawydan.
Aquel que tenga oidos, que escuche.
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psolares



Mensajes : 1
Fecha de inscripción : 21/05/2012

MensajeTema: Re: Mabinogi de Manawydan   Lun Mayo 21, 2012 4:36 am

Es mi primera visita a este foro (prometo volver!), y me encuentro aquí con grata sorpresa este Mabinogi!!! Me encanta el Mabinogion, es uno de mis libros preferidos (lo tengo en la edición de V. Cirlot), y creo que en buena medida reune las principales características de la literatura celta (de lo poco que hemos conservado de ella).
Modestamente tengo un libro publicado, Los hijos de Mathnnow, que en buena medida se inspira en el Mabinogion y en el ambiente de las leyendas celtas. Soy asturiano y creo que algo de esto se esconde en nuestras tierras de asturias y galicia. Si alguien se anima a echarle un ojo a este libro puede hacerlo en la web de la editorial Literanda. Espero se me perdone esta suerte de autopromoción, pero lo cierto es que cuando un lector me pregunta para la inspiración por mi libro siempre respondo que el Mabinogion, y a continuación tengo que explicar qué libro sea este, y dar una clase de literatura celta, por lo que me he alegrado mucho encontrarme aquí con la historia de Manawydan. Saludos a todos los foreros!
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Mabinogi de Manawydan
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